Feliz 2018

Cada vez me cuesta más participar de estos ritos sociales en los que no creo. Sin embargo, si miramos a la naturaleza observamos que todo se sucede por ciclos, y en ese ir y venir, en ese abrir y cerrar, en esa expansión y contracción, estamos todos, desde las plantas y nubes hasta los animales y planetas, danzando en la existencia en forma de círculos y espirales. Todo cambia, todo nace, muere, renace, se renueva, se deteriora, vuelve a crecer, muere y se transforma dentro de la dulce eternidad. Hay ciclos dentro de ciclos, ciclos pequeños, de un día quizá, una tarea, una actividad, hay ciclos más largos, de días o semanas, y los hay todavía más largos, que pueden durar años. La vida, como una energía en movimiento, no tiene prisa, no hay más que mirar las estalactitas en una cueva, pero si que pide una cosa: que haya fluidez, crecimiento o, en otras palabras, que no haya estancamiento. Hay momentos de reposo, de suspensión de la dimensión temporal, de contacto con lo que no tiene forma, espacio ni tiempo, eso es maravilloso, pero su quietud no tiene la cualidad del estancamiento. En éste último somos nosotros generalmente los que detenemos el flujo, porque quedamos atrapados en emociones, en creencias, en estados de ánimo, en patrones, en hábitos, en automatismos.

Por eso, para este nuevo ciclo que empieza en año nuevo, que simbólicamente es un renacer personal y colectivo, deseo de todo corazón que sigamos creciendo, que dejemos atrás lo que ya no sirve, que aprendamos a soltar, aunque duela, lo que ya no sea necesario, para poder vivir más ligeros y sonrientes.

Con amor

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